Cinder, una Cenicienta en versión futurista en un mundo de ciencia ficción

Primer libro de la exitosa saga juvenil Las Crónicas Lunares

Los cuentos de toda la vida en un mundo de ciencia ficción. Cenicienta en versión futurista en una novela distópica en la que conviven humanos con androides. Así es Cinder (Editorial Hidra), el primer libro de la saga Las Crónicas Lunares

No había cama para ella, y por la noche, después de trabajar hasta quedarse exhausta, tenía que dormir entre las cenizas junto a la chimenea

Cinder

Autora número uno del New York Times

Marissa Meyer (en la imagen), autora número 1 del New York Times, firma esta saga superventas dirigida al público juvenil. Cinder, una joven cíborg de la Tierra, es la protagonista de un libro que lleva su nombre. La cuarta Guerra Mundial ha arrasado con todo y, además, ha dejado una plaga mortal que está asolando a la población —¿Os suena de algo?—. El mundo vive en un caos total, con los científicos trabajando desesperadamente en busca de una vacuna —¿os sigue sonando?—. Los habitantes de la Luna, mientras tanto, se mantienen expectantes. 

Cinder, como la clásica Cenicienta, vive con su madrastra y también conocerá a un príncipe, de nombre Kai. ¿Perderá también su zapato? Lo que está claro es que hablamos de un personaje protagonista muy especial. Tiene 16 años y trabaja como mecánica en Nueva Pekín. Tras caer enferma su hermanastra, Cinder decide presentarse voluntarias a unas pruebas médicas a las que nadie ha sobrevivido. Sin embargo, ella...

La novela va de menos a más, ganando en intensidad y emociones. Nos encontraremos con mucha acción y, por supuesto, momentos para el amor romántico. El final es abierto, dejando todo en el aire para siguientes libros de la saga. Narrado de forma ágil, con ese toque especial de transformar lo clásico en ciencia ficción, con pasajes épicos y máximo entretenimiento, Cinder nos atrapará con una historia trepidante. 

Así comienza Cinder

El tornillo que atravesaba el tobillo de Cinder se había oxidado y sus hendiduras en forma de cruz estaban tan desgastadas que apenas quedaba de ellas un círculo destrozado. Le dolían los nudillos mientras forzaba el destornillados en la articulación intentando aflojar el tornillo un prieto giro tras otro. Cuando lo extrajo suficiente como para liberarlo con su prótesis de acero, los hilos de la rosca habían desaparecido. Tiró el destornillador sobre la mesa, se agarró el talón y sacó el pie de su cavidad. Una chispa le quemó las puntas de los dedos y apartó la mano bruscamente, dejando que el pie colgara de una maraña de cables rojos y amarillos. 

Por: María Vila
Fecha: 05-01-2021