El escándalo de Majareta: cuando la locura es la única respuesta cuerda
La arquitectura de una mentira colectiva en la nueva obra de Juan Manuel Gil

Majareta, de Juan Manuel Gil, disecciona el caos desatado tras la inexplicable decisión de un trabajador escolar de llevarse a los alumnos, revelando secretos enterrados bajo la apariencia de normalidad vecinal.
La novela publicada por Seix Barral sumerge al lector en una atmósfera opresiva y a la vez hilarante, situada en un barrio donde todos creen conocerse pero nadie sabe la verdad. La trama se detona con un incidente que rompe la paz de la comunidad educativa de Los Nuevos Hermanos: Leo Almada, el conserje que lleva décadas viviendo y trabajando en el centro, decide llevarse a veinte alumnos de primero de primaria en un minibús sin autorización. Este acto, que la prensa etiqueta rápidamente de secuestro, funciona como el epicentro de un seísmo que agrieta las fachadas de respetabilidad de la institución y del propio vecindario.
El autor construye el relato a través de una arquitectura polifónica fascinante. Lejos de ofrecer una única versión de los hechos, la novela cede la palabra a una multitud de personajes que orbitan alrededor de Leo. Desde el director del colegio hasta una antigua vecina, pasando por un policía fuera de servicio o un sustituto resentido apodado Padilla, cada testimonio aporta una pieza al rompecabezas. Esta estructura, que el propio texto define como una "vidriera imponente", obliga al lector a discernir entre el rumor malintencionado y los hechos probados, convirtiendo la lectura en una investigación activa sobre la naturaleza humana.
¿Qué se esconde tras la obsesión del protagonista?
La búsqueda de la verdad sobre el incidente escolar revela miedos profundos y heridas no cicatrizadas en la vida de Leo Almada. Lo que aparenta ser un brote de locura o una venganza laboral por una jubilación anticipada injusta, se destapa como una maniobra calculada de un hombre acorralado por su historia. Los testimonios desvelan que Leo no es simplemente un "majareta", como lo tildan despectivamente en el barrio, sino un individuo marcado por el suicidio de su madre, Blanca, y la sombra de un padre farmacéutico con un pasado turbio. La novela explora cómo la comunidad estigmatiza lo que no comprende, etiquetando de enfermo mental a quien simplemente posee una sensibilidad diferente y una obsesión por la alquimia y los libros.
El entorno geográfico y social juega un papel determinante en el desarrollo de los acontecimientos. El barrio, con su parroquia de la Virgen del Carmen y sus dinámicas de chismorreo, se erige como un personaje más que juzga y condena antes de comprender. La presión de Los Nuevos Hermanos por mantener su reputación choca con la realidad de unos vecinos que, bajo la excusa de colaborar, vierten sus propias frustraciones y prejuicios sobre la figura del conserje. Gil retrata con maestría esa España de barrio donde la intimidad es imposible y cada ventana esconde un observador dispuesto a tergiversar la realidad.
La narrativa no se limita al presente, sino que bucea en las raíces del árbol genealógico de los Almada. A través de flashbacks reconstruidos por los testimonios, descubrimos la existencia de un hermano mellizo del padre y un crimen cometido décadas atrás con una piedra en un descampado. Este suceso, silenciado por las influencias de la época, teje una red de culpas heredadas que atrapa a Leo. La novela sugiere que la "locura" del conserje podría ser, en realidad, la única forma lúcida de procesar una herencia familiar envenenada por la mentira y la protección de los poderosos.
Un retablo de personajes inolvidables
Más allá del protagonista, la obra destaca por la riqueza de sus secundarios, quienes aportan matices tragicómicos a la historia. Figuras como la maestra que llamaba Sapena al niño Leo, intuyendo su dolor, o el "amigo necesario del autor", un recurso metaficcional que interpela directamente al escritor sobre cómo contar la historia, enriquecen la trama. Este último personaje añade una capa de reflexión literaria sobre el propio acto de escribir y la imposibilidad de alcanzar una verdad absoluta. El diálogo entre el narrador y su "amigo necesario" cuestiona los límites de la ficción y la responsabilidad del autor al retratar vidas ajenas.
El estilo de Juan Manuel Gil en esta obra se caracteriza por una prosa ágil y una ironía finísima que actúa como contrapeso a la dureza de los hechos narrados. A pesar de tratar temas como el suicidio, el acoso escolar o la corrupción moral, el texto mantiene un ritmo vibrante gracias a la oralidad de sus narradores. Cada voz tiene su propio registro, desde la pomposidad del concejal de zona hasta la sinceridad bruta de una trabajadora sexual que defiende la bondad de Leo. Esta variedad tonal dota a la novela de una verosimilitud periodística que atrapa desde la primera página.
La resolución del conflicto, lejos de ofrecer un final cerrado y complaciente, invita a reflexionar sobre la justicia y la redención. El desenlace en la Plaza del Cordero sin Defecto, con los niños rodeando a su captor, evoca la leyenda del flautista de Hamelín pero con una vuelta de tuerca moderna y descorazonadora. No hay héroes ni villanos puros, solo personas intentando sobrevivir a sus circunstancias. La novela nos recuerda que, a veces, los actos más extremos son gritos de auxilio que la sociedad decide ignorar bajo la etiqueta de la locura.
Una obra que se consolida como una pieza fundamental para entender la narrativa española actual, mezclando el suspense con la crónica social. La historia de Leo Almada es la historia de todos aquellos que, al no encajar en el molde de la normalidad, son apartados y silenciados hasta que deciden, por una vez, escribir su propio final, aunque sea a costa de dinamitar la paz de quienes los rodean.







