Eliana Montemayor: "La honestidad acompaña mucho más que la pose"

Entrevista con la autora del libro Soltar para sanar

Hay algo sospechoso en esa idea tan repetida de que todo se soluciona “soltando”. Como si fuera fácil. Como si bastara con decidirlo un martes cualquiera y ya. En medio de ese ruido, Soltar para sanar, de Eliana Montemayor, aparece con otra cadencia: más lenta, más incómoda, bastante menos complaciente. No promete milagros ni fórmulas rápidas; más bien hace lo contrario: te deja a solas con preguntas que no siempre tienen buena cara.

Quizá por eso decidió escribirlo. “Hay cosas que no caben en un post ni en una frase subrayable en beige”, dice. Y en esa frase ya hay una declaración de intenciones. Lo que empezó como una necesidad personal —entender qué estaba pasando por dentro sin salir corriendo hacia la siguiente distracción— terminó tomando forma de libro. Uno que obliga a quedarse un poco más en la incomodidad, a sostener la pregunta en lugar de taparla con una respuesta bonita.

Eliana Montemayor —seudónimo bajo el que firma este proyecto— escribe desde un lugar reconocible: el de quien sigue en proceso. Su punto de partida no es la teoría ni la distancia, sino una experiencia atravesada por pérdidas, cambios y esa sensación persistente de que algo no termina de encajar por dentro aunque todo funcione por fuera. De ahí sale un texto que mezcla herramientas, sí, pero también dudas, contradicciones y una insistencia bastante honesta en no simplificar lo que duele. Sobre eso —y sobre lo que implica realmente soltar— gira esta conversación.

¿En qué momento personal nace Soltar para sanar y qué te hizo pensar que esa experiencia podía convertirse en un libro para otros?

Nace en un momento de pérdida, de cambios y de una incomodidad interna que ya no podía seguir ignorando. Mi vida se estaba moviendo mucho por fuera, y ese movimiento me obligó a mirar hacia dentro. Hubo un instante muy claro… entendí que no basta con que alguien ya no esté en tu vida para que realmente haya salido de ti. Ahí comprendí que lo que me estaba pasando no era solo íntimo, también era profundamente humano. Cuando una le pone nombre al apego, a la culpa, al resentimiento y al miedo a la pérdida, descubre que hay muchísima gente viviendo eso en silencio. El libro nació justo en ese cruce, una experiencia personal y un reconocimiento colectivo.

Soltar se ha convertido casi en un mantra contemporáneo. ¿Qué significa realmente soltar para ti, más allá del cliché?

Para mí, soltar no es respirar hondo, mirar al horizonte y fingir iluminación en tres pasos. Es dejar de vivir desde la herida. No significa olvidar, minimizar ni justificar lo que pasó…significa que el pasado deje de gobernar el presente. Es recuperar espacio interior, dejar de seguir cargando algo que ya no construye y asumir responsabilidad sobre la propia paz. Soltar, más que una consigna, es una práctica de honestidad.

¿Existe el riesgo de que “soltar” se convierta en una forma de evasión o de evitar conflictos necesarios?

Sí, completamente. Cuando “soltar” se usa para no nombrar un abuso, para no poner un límite o para no tener una conversación incómoda, ya no estamos hablando de sanación, sino de maquillaje emocional. Para mí, soltar no equivale a evadir responsabilidades ni a ignorar los problemas. Al contrario, exige verlos con claridad, atravesarlos y decidir qué ya no vas a seguir sosteniendo. Hay conflictos que no se resuelven escapando, se resuelven mirándolos de frente, aunque el glamour del proceso brille por su ausencia.

El libro mezcla psicología, neurociencia y desarrollo personal. ¿Cómo trabajaste esa integración para que no se quedara en fórmulas simplificadas?

Lo trabajé con una regla muy simple: que la ciencia explicara, no decorara. No me interesaba usar la psicología o la neurociencia como un adorno de autoridad, ni convertir el desarrollo personal en una fábrica de eslóganes. Quería que cada concepto ayudara a entender algo humano y pudiera aterrizarse en la vida real sin perder matices. Para mí, escribir claro sobre algo complejo exige más rigor, no menos. Entonces la ciencia entra para explicar, la experiencia para encarnar y la parte práctica para acompañar. No quería un libro que sonara inteligente y no sirviera, ni uno que consolara repitiendo frases bonitas.

¿A quién le hablas exactamente: a alguien en crisis, en duelo, en una ruptura… o a un lector más cotidiano?

Le hablo a quien está en una ruptura, en un duelo o en plena crisis, sí. Pero también a quien sigue pagando cuentas, contestando correos y funcionando bastante bien por fuera, mientras por dentro vive agotado o desconectado. No hace falta estar en una tragedia con banda sonora para necesitar sanar algo.

¿Puede el discurso de “sanar” volverse una presión más, otra forma de autoexigencia?

Sí, y de hecho esa es una de las trampas de nuestro tiempo. Hemos convertido casi todo en rendimiento, incluso la vida emocional, sanar rápido, gestionar bien, seguir siendo funcionales aunque por dentro algo siga roto. Ahí el discurso deja de cuidar y empieza a exigir. Yo quise apartarme de esa lógica. Sanar no es un trámite exprés ni una competencia de estabilidad emocional. Cuando el proceso se vuelve una nueva forma de perfeccionismo, terminamos repitiendo el mismo patrón con un nombre más bonito.

Si un lector terminara tu libro y solo pudiera quedarse con una idea, ¿cuál debería ser?

Que nadie está condenado a quedarse para siempre en la versión de sí mismo que nació del dolor. Si tuviera que dejar una sola idea, sería esa: el dolor puede marcar una historia, pero no tiene por qué dictar una identidad ni decidir un destino.

¿Qué has tenido que soltar tú después de escribir este libro?

He tenido que soltar la ilusión de que podía escribir sobre todo esto desde una distancia elegante, como si la herida ya estuviera resuelta y en su lugar. No fue así. Tuve que soltar una historia personal que seguía viva en mí más de lo que quería admitir, pero también tuve que soltar la necesidad de sonar perfecta, de tener todo resuelto antes de hablar. Este libro me confirmó algo muy simple: la honestidad acompaña mucho más que la pose. Y la pose, sinceramente, cansa muchísimo.

Por: Emma Osorio
Fecha: 25-05-2026