Insular, cuentos de lejanía y soledad que viajan por el mundo

Franco Chiaravalloti es el autor de diez narraciones breves con personajes que buscan su particular refugio

La lejanía del mundo, tanto física como interior, en un viaje por la imaginación a través de diez cuentos que nos llevan a lugares muy distanciados y de la mano de narradores con perfiles claramente diferenciados. Insular (Tres Hermanas) es el nombre de este libro de cuentos que viajan.

Nada más abrir la obra nos encontramos con esa invitación a viajar en forma de un mapamundi donde se sitúan los diez escenarios en los que están ambientadas unas historias contadas con diferentes voces, pero con el punto en común de la distancia, bien como escapatoria, como exilio o como huida. 

Estos cuentos llevan la firma de Franco Chiaravalloti (en la imagen), un autor argentino nacido en Buenos Aires en 1979, pero residente en Barcelona desde 2003. Todos los continentes están representados en estas narraciones breves en las que el mapa no es el territorio y sí la circunstancia para contar, para jugar con la imaginación y llevarnos a parajes lejanos. La soledad es el tema principal de Insular, planteando al ser humano como isla alejada de esa sociedad en la que vivimos. A continuación destacamos el inicio de tres de los diez cuentos del libro de Chiaravalloti. 


Veinte mil

Kore, sore, are, dore. Repasaba los pronombres demostrativos cuando recibí la llamada de papá. «Belén... tu madre», dijo. Y después: «Falleció», y el microondas se apagó con un clin. «Deberías venir. La abuela quiere que estés». Para mis adentros yo seguía kono, sono, ano, dono, la única forma de aprender esto es de memoria, mierda, ¿De qué otra manera, si no? Papá me informó de lo de mamá con voz de lata oxidada, kochira, sochira, achira, dochira, pronombres que, encima tengo que escribir en dos alfabetos. Lata oxidada, la misma con la que me avisó que no podría ir a despedirme al aeropuerto. Kobo, soko, asoko, doko. 

Frontera

Yo también he atravesado la frontera. Mi  frontera. Ya no volveré a mi tierra de origen, a esa tierra seca a pesar de la lluvia. Ahora me espera primavera eterna. Desde hoy, lo sé, viviré en un país donde solo sopla la suave brisa de las tardes de marzo. Aleluya. En ese país las estrellas de medianoche escribirán su nombre, el canto del marabú me traerá su voz, la almohada de plumas que abrazo cada noche antes de dormir tendrá la textura de su piel y de su barba espesa. 

Meymand

Era ella. La reconocí pese al mar de telas negras que emborronaba siluetas, andares y gestos. Me esperaba sentada en un banco del parque Neshar, frente a la estatua de Khwaju Kermani, aquel poeta. Miraba su reloj y agitaba la pierna izquierda sobre la derecha. Permanecí unos minutos oculto entre el deambular de las familias que, a esa hora del sagrado viernes, disfrutaban de un paseo previo al rezo del mediodía. 

Por: J. Berto
Fecha: 08-02-2021